Joder, y encima mañana es lunes

Hay días que, desde que te levantas, no acabas de saber por qué. Esa sensación de que no te encuentras, en tu vida, en tu rutina, en tu cuerpo. Así despertó aquella mañana de lunes. Joder, encima lunes. Aún no había amanecido y olvidó lavar la cafetera anoche, genial. Repasa mentalmente el día mientras se toma el café en silencio.Esta mañana debería acabar el inventario de la tienda, le quedan aún artículos por registrar, de esos que solo se tocan al hacer inventario. Cada vez le viene más larga una rutina que le ata de los tobillos, lo suficientemente flojo para permitirle seguir adelante, y lo suficientemente fuerte para sentir que puede caerse si intenta avanzar.

Anoche la llamaron del hospital, su tío aún no se encuentra bien del todo, permanecerá unos días más ingresado. Ella es su única familia, él nunca fue un ejemplo, pero se siente responsable de que en sus últimos años, al menos, no se sienta del todo solo. Pasará a verlo cuando cierre al mediodía.

Ducha rápida, ropa cómoda, llaves, bolso, sale de cada camino al trabajo. ¿Hace cuánto que no habla con sus amigas? Esta tarde tiene que hablar en el grupo de Whatsapp, no sabe nada de ellas desde hace semanas.

Ella es bajita, de pelo castaño y con una vitalidad que nadie sabe de dónde saca. Ella siempre sonríe, incluso cuando llora, sonríe a la mano que se le tiende y a la que se le niega, hace mucho se libró de ese tipo de peso. Ella cree que ve las cosas diferentes porque es más madura, aunque su madurez no depende de edad, sino de ser adulta desde muy pronto. Ella pasea andando muy rápido las mañanas que no trabaja, cruza la ciudad y sale al campo a respirar algo de aire fresco, también llora sola antes de acostarse algunas noches.

A media mañana la llama su casera, tardarán días en arreglar el termo, desde luego que no sabe por qué se ha levantado hoy. Aparece en la tienda una conocida, estudiaron juntas hace años, tantos que ya ninguna es la misma, pero se tienen cariño. Hablan mientras buscan una camisa de su talla, comentan el clima tan extraño que está haciendo este año mientras ella coloca un montón de jerseys y la chica se prueba unos pantalones, se preguntan por la familia mientras paga el vestido que finalmente ha escogido y, por supuesto, se prometen un café al intercambiarse dinero y bolsa.

La conocida sale de la tienda, ha comprado ese vestido con los pocos ahorros que le quedan, tiene una entrevista de trabajo y necesita dar buena impresión, y el trabajo, necesita el trabajo. Dejó al niño en el colegio hace horas y hasta el mediodía no tiene que ir a preparar la comida a su madre, dependiente y sola, muy a su pesar, aunque se conforma a sí misma pensando que no puede hacer más, no puede con más. Necesita ese trabajo.

‘Qué suerte tiene ella’, piensa mientras vuelve a casa. Sin hijos ni obligaciones, con casa para ella sola, un buen trabajo, estable y suficiente para vivir tranquila, tan ligera en su chándal de marca, con tiempo para hacer deporte, con amigas con las que nunca sentirse sola… Qué suerte tiene ella.

¿Sabes? Hay una montaña en Hawái, es un volcán inactivo de unos 4200 metros sobre el nivel del mar. Mauna Kea se llama. Su cumbre es un lugar sagrado para los nativos y no se espera que erupcione en mucho tiempo. Bastante ‘normal’ podemos decir. Sin embargo, bajo el nivel del mar, esta montaña tiene una extensión de unos 6000 metros, lo que hace, que en su total, el Mauna Kea sea más grande que la montaña más grande del mundo, el Everest.

Normalmente lo que vemos no es la mayor parte, ni siquiera la mitad de la otra persona, de su vida, de su forma de vivir su vida. Todos escondemos la parte más real bajo el nivel del mar, y es así, y estaría bien tenerlo en cuenta cuando nos comparamos, y cuidar esa parte que es solo nuestra, y como el Mauna Kea, ser nuestra mejor versión, independientemente de cuánta gente lo sepa, o lo que eso signifique, aunque sea solo para nosotros.

 

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