La vida se puede romper en un segundo, sin ser responsables, culpables, o ni siquiera, conscientes. Igual que la vida, el tiempo. Y una catástrofe que ocurre relativamente lejos, relativamente cerca, en un momento determinado, puede partirte en dos, quitarte el sentido, incluso la palabra.
Me da miedo pensar en lo frágiles que somos, mientras intentamos tener el control de todo. Ahora es absurdo hablar del mar, del agua, casi hiriente. Ahora se me antoja un insulto mi forma de llamar kit de supervivencia a las herramientas psicológicas.
Y muchas y muchos nos callamos. Entendimos en el mismo momento que no teníamos nada que decir, que no sabíamos qué decir. Que si ya nos sentíamos incómodos por cumplir las exigencias de una red social, ahora vemos que solo éramos una imagen impostada, que desaparece frente al dolor. Qué sentido tiene ahora subir la foto de un café o el plan del fin de semana.
Hay quien se enfada, siempre hay quien se enfada, porque sigues viviendo mientras la gente muere, porque tienes que sentirte muy culpable, y hacer exactamente lo mismo que esa persona hace, como mínimo, para ser merecedor de ser llamado persona.
Una de las cosas más tóxicas que tenemos es no ser capaces de soltar esa sensación de tener siempre la verdad absoluta y la medida exacta de lo que es correcto. Pero ¿acaso hace un mes no moría gente? ¿No había guerras? ¿Valemos diferente según dónde vivimos? Sí, el mes pasado también moría gente de formas atroces, y sí, a mí tampoco se me ha quitado el apetito hasta que el cadáver ha sido el de un vecino.
Y vuelve el tema del que empezamos a acostumbrarnos a hablar, que nunca se arregla. La salud mental, ese discurso manido que repite en bucle ‘cuídate’, como un gracias automático al camarero que nos sirve el café, ese que ni siquiera miramos a la cara. Claro que ese cuídate es un poco ‘búscate la vida porque nadie lo hará’, quizá solo sea un aviso.
¿Por qué nos sentimos incómodos si subimos la foto de un café? ¿Hemos dejado de tomar café? Creo que simplemente nos hemos dado cuenta de que la mayoría de nosotros ni siquiera queríamos subir la foto de ese café. Cumplíamos órdenes sociales. Si quieres crecer como marca necesitas, sí, necesitas, formar parte de la rueda de hámster enorme que es el contenido diario.
Da igual que no tengas una marca, porque tú, como persona, necesitas felicitar los cumpleaños de tus amigas, compartir cuando te mencionan, ¿es que no les quieres? ¿Quieres que parezca que no estuviste esa noche? ¿Importa si nadie más lo sabe? ¿Mereció la pena ponerte tu mejor vestido? ¿En qué coño nos hemos convertido?
Y nos chirría, porque un día te das cuenta de que sales de casa pensando en ‘crear’ contenido, en el lugar perfecto para la foto que quieres subir. ¿En serio lo llamamos ‘crear’? Y no, nunca me verás decir que una foto, un vídeo o cualquier forma de comunicar no puede ser arte, pero ¿Cuál es la razón?
El arte nace de la necesidad de exteriorizar algo, de hacer sentir algo a los otros. ¿Para qué creamos contenido? Que nos vean, nos compartan, llegar más lejos, tener más amigos, vender más, ser más sociable… Entonces llega un día en que te pones a escribir y en la tercera página te das cuenta de que no vale, hay que descartarlo, es demasiado largo para un post.
Otro día haces una foto increíble, un atardecer precioso, mientras un pájaro levanta el vuelo en la orilla, es una pasada, habla solo con verla. Te decepciona pensar que ‘no puedes’ subirla, porque rompe el diseño del feed.
Entonces pasan unos meses y te das cuenta de que cambias muchas cosas para adaptarlas, para que quepan por esa ventanita, porque si no caben por ahí no valen absolutamente para nada, y la creatividad baila al ritmo que marca el algoritmo.
«Pero entonces no te verá nadie, no venderás a nadie». Es cierto, no hay negocio sin clientes, y en este sentido te repites que ‘es publicidad gratis’ porque no te cuesta nada, y te ‘abre una ventana al mundo’. Gratis es un precio muy alto cuando le dedicas varias horas al día. Pagamos en tiempo y salud mental. Casi prefiero imprimir octavillas.
Y ahora cualquier persona emprendedora, o autónoma, que come en parte por esta rueda que llamamos ‘comunidad, o ‘familia virtual’ se siente mal, y pide perdón por no poder seguir en silencio, y arrastra la culpa, como si la tuviera, porque hay que volver al contenido, hay que seguir creando, ¿de qué comeremos si la rueda se para? Hay que pagar gastos, no podemos llegar a otros si no pasamos por la ventana, ¿es posible ya llegar a otros sin pasar por la ventana?
Así que ahora hay un malestar flotando en el aire, y no podemos subir la foto de un café sin sentirnos culpables e hipócritas, pero yo me pregunto, ¿algún día quisimos de verdad subir la foto de ese café?

PD: yo me voy a esconder un poco en este hueco, donde nadie me premia, pero tampoco me penaliza, si quieres pasarte por la tienda, o comprar mi libro, te estaré muy agradecida, y me ayudarás a seguir creando. Échale un ojo aquí.
PD: también he descubierto una plataforma que parece que no aprieta tanto al cuello, y estoy por allí probando a no seguir horarios y decir algunas cosas bonitas, también hago algo parecido a reseñas de libros, si quieres pásate por Substack.
