Empecé ‘La mala costumbre’ creyendo que lo dejaría a la mitad. Me gustan los libros realistas, cuanto más crudos mejor. Pero suelo buscar historias que, de alguna forma, me hagan empatizar. Ya sea en el amor, el dolor, la rutina, el arte o la herida… Algo a lo que agarrarme para sentir que esa también es mi historia.
No siempre fue así, y supongo que en algún momento dejará de serlo, pero es lo que hay. Así que al empezar a leer este libro pensé ‘parece interesante pero ¿Una niña trans? ¿Qué tengo yo que ver con esta historia?’. Y he acabado subrayando páginas enteras.
Me encantaría comentar cada una de esas palabras que he leído varias veces para luego releer mientras paso por encima un lápiz torpe y sin punta. Puede que lo haga con muchas de ellas, pero qué mejor que empezar por la primera.
«Eran dos chicas que apenas habían cumplido los veinte años desplegando toda la crueldad de la que la juventud es capaz, que es mucha. Los remordimientos y la contención llegan con la decrepitud, como el egoísmo, cuando se habita el reverso de la vida y se entiende que casi nada feo existe que no nos termine por alcanzar.»
En la página 20 empiezo a entender que la historia que cuenta da igual. Entiéndeme, no le quito valor, pero la forma de escribir me parece suficiente para no volver a soltarlo hasta leer cada una de sus páginas. Supongo que ya he pasado a ese reverso si entiendo perfectamente de lo que estamos hablando. Me tranquiliza y asusta a partes iguales.
No muchas páginas después, me veo escribiendo en los márgenes las palabras que me rebosan, y han sido pocos los libros que me han hecho escribir:
«Cuando reímos con ganas no tenemos edad, lo hacemos igual durante toda nuestra vida y puede adivinarse en nuestra mueca la niña que fuimos o la anciana que seremos.»
¿Es la risa otra huella? ¿Como la dactilar? Una seña que nos define. Quizá sí que sea algo que se queda para siempre, y no solo en nosotros, sino también en todas las personas que nos quieren. Lo que nos genera una risa conocida tiene que estar a la altura de algún que otro medicamento. Esa sensación de estar a salvo. Algunos estudios dicen que el origen de la risa era comunicar que todo estaba bien, que no había peligro. Puede que también hoy siga significando eso.
Aunque claro, esto que te estoy diciendo no tiene mucho que ver con el libro. O quizá estos detalles tan pequeños como enormes son los que lo marcan realmente. ¿De forma más general? Nunca había leído hablar con tanto cariño de la muerte. «Necesitaba despedirse de ella cuidándola […] Un último cuidado era una forma de despedirse de una parte de su propia vida.» Un cariño triste, y también profundamente bonito y tierno.
Y después de haberme ganado completamente, supongo que la conclusión que saco de una historia tan ajena es que somos profundamente egoístas, y solo entendemos como problemas aquellos que son nuestros. Necesitamos saber de los del resto de una forma cruda y clara para entenderlos -a veces ni por esas-, lo que me recuerda cómo de importante es la información, la divulgación, la concienciación, y todas esas formas en que la palabra nos acerca realidades, nos ayuda a entenderlas, darles espacio, y con suerte, respetarlas.
«Como una prenda tejida por dedos torcidos de abuela lleva consigo la fragancia del tiempo» Así define ‘un amor intangible y una belleza sin palabras’ que son las madres peinando a sus hijas. Y a mí que nunca me gustó que me toquen el pelo, sí que recuerdo con cariño las mujeres que me peinaron, la atención de mi madre y los tirones de mi abuela. La cara de ambas al mirarme de frente, orgullosas de su gran obra. Y seguramente no estarían pensando en el peinado.
Casi parece un orgullo que no nos pertenece si no lo tenemos todas. ¿Pero qué puedo hacer yo? Esa pregunta que tanto usamos en las causas que nos vienen grandes. No podemos peinar a todas las niñas a las que no dejan serlo. Pero podemos crear espacios en los que sí que puedan ser, espacios que cada vez que sean más grandes, que abarquen más, que entren por las ventanas de cada casa y peinen a todas esas niñas que lo estén necesitando.
Dice Roberto Iniesta que una utopía solo es imposible en el momento de su formulación, pero no en el futuro, y puede que tengamos que crear más utopías, para podérnoslas creer, para quitarnos esas malas costumbres de los hombros, y conseguir avanzar.
Este libro se llora porque sientes que no puedes hacer otra cosa más que llorar, y seguir leyendo, sin embargo te deja una lupa al acabar, un cristal, frágil y con posibilidades de explotar, a través del que encuentras un mundo que no conocías, que está entero por entender.
Y es que, a veces, como dice la autora, «solo tenemos el amor en bruto, algo demasiado poderoso como para no saberlo dosificar.»

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