Cuando conseguimos ver más allá de esos árboles, hay un amplio terreno labrado, sembrado, trabajado… Es el aprendizaje que parte de lo académico, ese desarrollo lento, paralelo al vital, con el que ver crecer frutos. El mismo que esperamos algún día, nos alimente, o al menos nos haga convivir en el mundo.
Después comienza un camino, lleno de bifurcaciones y baches, de zonas con bancos para descansar y cuestas empinadas y terreno llano y seco, y mojado… Un camino que lleva a otro camino que lleva a otro. Sin parar. Por el que vamos encontrando de todo, por el que aprendemos a caminar. Es un aprendizaje basado en la experiencia, en lo que nos encontremos en la vida que elegimos o nos toca vivir.
Rodeando todo, un río. Un agua limpia que discurre tranquila, en la que beber o limpiar heridas, con la que nutrirse, en la que sumergirse. Un río que no estamos obligados a cruzar, pues no hay nada más allá, es una elección sólo propia hasta donde nos queremos mojar. Ese río es la educación que elegimos buscar, cuando queremos saber más de sentimientos, o de pensamientos, o de destrezas manuales, o de ejercitar el cuerpo… Nada de eso es obligatorio, nada de eso nos viene dado, pero claramente ese agua es positiva y agradable después de todo lo andado, durante lo andado, para seguir andando.
Al final volveremos a casa, porque siempre volvemos a casa. Volveremos a salir y rehacer el camino, puede que nos saltemos algunas partes, puede que necesitemos reandarlo completo para entender quiénes somos, para conocernos.
La educación lo envuelve todo, nos rodea a nosotros como una manta en invierno, es una caja de herramientas a estrenar, una oportunidad que no podemos desaprovechar.

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