Mirar a la pared no ayuda, puto gotelé. Mirar los cuadros no ayuda, no me quieren tanto como dicen. Mirarme al espejo es un tiro entre los dos ojos que me doy yo misma. La luz es un líquido que tiñe todo de verdad y me deja encogida enmedio de esta isla que es mi cama.
El sonido de los pájaros no me relaja, no me evoca el campo en el centro de esta ciudad en la que hace mucho tiempo que no crece nada. La música de aquel piano lejano, en aquel bar caro, lejano, de aquel barrio en el que nunca pasa nada, porque todo está de más, no me relaja. Cómo me va a relajar un más que nos hace a todos de menos, un golpe de suerte social que los hace ciegos, me revuelvo en la cama igual que se me revuelve el estómago.
Escuchar un ‘buenos días’ familiar si que me hubiera relajado, al menos me hubiera hecho sentir menos sola. Pero estoy sola, no tengo ningún buenos días más allá de aquel que resuena en las paredes, pero que hace mucho no habita bajo mi mismo techo.
¿Huele a café? Alguien es querido desde una cocina que late un desayuno que le saque de la cama, me imagino a alguien con una bandeja atiborrada de comida para tirar, como en cualquier película romántica, nunca nadie se comió todo eso. Puede que huela más bien a un café solitario, alguien que observa en silencio los azulejos de la cocina mientras espera que el café esté listo, pensando que debió limpiarlos hace días, que quizá tenga tiempo mañana.
El olor de la calle llega para taladrarme la nariz como un piercing adolescente, inoportuno y a destiempo, inútil y sobrevalorado. Gasolina y prisa, desidia y pena, rutina y nostalgia de tiempos mejores, todo mezclado con dosis de sudor y desodorante a partes iguales. Casi puedo reconocer aquel perfume que me mareó durante años. No por molestia, sino por buscarlo demasiado.
La boca me sabe a sangre y sed, debí cenar menos. Debería beber más agua. Debería aprender a cocinar y pedir menos comida a domicilio. Debería callarme esta boca que tantos deberes me manda y hacer un poquito más por vivir.
Juego con el borde de la sábana, busco ese hilo suelto que tanto conozco como para saber exactamente dónde está, pero que no pienso cortar. No es ningún disfrute, solo que llevo el suficiente tiempo trabajando demasiado para ser incapaz de recordar y hacer ese tipo de cosas. Mis fuerzas son limitadas y mal gestionadas.
Me levanto. Hago café. Salgo a desayunar al balcón. Esta casa me ahoga. No sé qué me pasa hoy. Un sexto sentido me dice que será un día de mierda. Miro a la calle ajena a mi desgracia. Cae una pluma en el balcón. Se posa en el edificio de enfrente una paloma blanca. Desde abajo me saluda la chica de la tienda de enfrente, en la que cada día compro el pan. Me llega un mensaje de alguien que se acuerda de mí, sin interés, un cómo estás sincero. Tampoco estoy tan mal.
Hoy tengo un día de trabajo tranquilo. Qué buena luz entra en esta casa, no necesito apenas encender luces. La vecina ya toca bastante mejor la guitarra, sus melodías comienzan a tener sentido. El ambientador nuevo es agradable. Me salió buenísimo el café hoy. Acaricio al gato de la vecina que usa mi casa de pasillo hacia la suya. Mi sexto sentido me dice que será un buen día.
Solo necesitaba un café.

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