Mañana es San Francisco, y la echo mucho de menos. Creo que el dolor es siempre el mismo, estable y permanente, un tumor que pesa en alguna parte del cuerpo. Lo único que cambia es que a veces, solo a veces, es soportable. Entonces se sienta en una mano, o un pie, y se le puede manejar, colocar para que no moleste demasiado, y seguir viviendo. Otras veces se pasea por la cabeza, inestable y frenético, y te paraliza la migraña. Pero a veces llega al pulmón, y te ahoga.
Al final es como una mascota, un ser ajeno con el que convivo a diario, a veces lo alimento, y engorda, y me aplasta debajo. Otras veces le castigo sin comer, porque ando mirando atardeceres o jugando con peces en el mar. Entonces se agazapa en algún rincón escondido de mí, como un animal herido, y se queda muy quieto, incluso creo que no está, que ya se fue. Solo se quedó dormido mientras descansaba, siempre vuelve a aparecer, con más ganas de jugar que nunca.
Así que acabo dedicándole tiempo, porque las mascotas, si no se les dedica tiempo, sufren ansiedad, y rompen cosas. El dolor no es diferente, si lo ignoras demasiado te destroza la casa, te destroza a ti. Entonces te sientas, lo miras con cariño, haces lo que a él le apetece, lo enroscas en el sofá, le das su comida favorita y pasas tiempo con él. Solo quería un poco de compañía, algo de atención.
El dolor no se parece en nada a su causa. Ella era el principio de una primavera, una flor que comienza a abrir, que lo llena todo de su olor, que trae el aire de la risa, que deja colores en todas partes. El dolor que se pega es una bola cancerígena, oscura y pegajosa. A menudo cometemos el error de confundirlos. Creemos que ese dolor es su recuerdo, y si nos convencemos, el dolor lo acabará manchando todo.
Además, al confundirlo, le damos un trato que no merece, creemos necesitarlo para recordar, para querer, para sentir, creemos que si se va también se llevará todo lo bueno, todos los recuerdos. Le abrazamos tan fuerte que nos deja manchados, de dolor y de pena, oscuros y cubiertos, mojados en mitad de una noche fría.
El recuerdo no es eso, el recuerdo es diferente, te hace reír con un detalle tonto, te hace viajar en el tiempo, te hace imaginar qué te diría ahora. Aunque también abre una grieta cuando quieres llamar a un teléfono que nunca más cogerá nadie.
Pero te hace sentir agradecimiento, por lo vivido, por lo sentido, por lo contado. El dolor deja rabia por lo no vivido, por lo no sentido, por lo no contado. Creo que merece la pena esforzarse en mantenerlos separados, que es algo que nos ayudará ahora, pero también siempre.
Reconocer qué sentimos en cada momento, a qué nos estamos agarrando, para gestionarlo en consecuencia. Eres un recuerdo, te cuido y te abrazo para que no te vayas a perder. Eres dolor, te cuido y te abrazo, pero te dejo ir cuando ya no me necesitas.
Las emociones son mascotas, seres que van girando a nuestro alrededor, como ese perro que se nos lía en los pies al andar. Todas son nuestras, y a todas tenemos que prestarles atención, evitarlas nunca trae nada bueno. Pero sí que tenemos que hacer por conocerlas, saber cómo es cada una, qué necesidades tiene, y qué le podemos dar nosotros.
Mañana es San Francisco, y recuerdo me tiene una buena película guardada, con muchos besos y abrazos dados. Aunque mañana es San Francisco, y dolor aún es demasiado dependiente para soltarlo.

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