Escribir como forma de vivir

No suelo leer la mayoría de cosas que escribo. Pero a veces me asomo, un poco, a esas palabras pasadas, y me doy cuenta de que, me agarre a lo que me agarre, al final me sigo teniendo a mí.Soy quién más me hunde, pero también quién menos me deja hundirme. Algo así como eso de que Dios aprieta pero no ahoga. Algo así como lo que hago yo conmigo. A veces, que no siempre, me gusta releer lo que escribo, no puedo hacerlo siempre, es un paso adelante en un acantilado, igual puede hacerme volar, que matarme.Cuando me veo capaz, me leo. Rebusco en las palabras que no lee nadie, que escribí, y quizá nunca hayan sido leídas, ni siquiera por mí. En ese caso me encuentro con ideas, que son mías, que viven en mí, pero que en la mayoría de los casos no recuerdo haber dicho, ni escrito, ni pensado.

Me suele sorprender lo que ronda mi cabeza cuando yo no estoy mirando. Es cierto que casi siempre me sorprende para bien, y veo asociaciones mentales que no creía ser capaz de hacer. Por eso sé que puedo confiar en mi escritura, porque cuando mejor lo hago es cuando no me esfuerzo. Por eso sé que es algo natural, que está ahí, y aparece incluso sin llamarlo. Solo es cuestión de aprender a manejarlo.

Ahora, llevo meses queriendo escribir, necesitando sacar todo eso que no sale. Algunos días escribo sin parar, otros creo olvidar para qué se invento el lápiz. Pero en cualquier caso necesito seguir diciendo, necesito tener siempre cosas que contar, y hacerlo.

Siempre tengo latentes las ganas de parir una gran historia, un libro grande y largo, una novela bien atada, al detalle, que no le falte ni uno de los mejores giros argumentales. Una historia llena de amor y libertad, de enseñanzas, aprendizajes, y puede que algo de maldad. Aún no empecé a gestarla, o mejor dicho, lleva en mí toda la vida, pero aún no está por nacer.

Tengo la cabeza llena de historias pequeñas, de trasfondo grande, de ejemplos simples, de mucha verdad. Y es eso lo que ahora quiero hacer, lo que necesito sacar, con lo que quiero ayudar, donde me pierdo y me encuentro.

Quién sabe dónde andará esa novela, cuántos personajes se tendrán que encontrar dentro de mí. Creo, o siento, que soy un cine. La pantalla de un cine enorme y viejo, reluciente y desgastado. Pero mi pantalla no es una pared, sino un escaparate.

Dentro, tras el cristal, todo es un teatro. Los decorados pasan, los personajes pasan. Algunos se quedan. Y yo, estoy sentada en el centro de la primera fila, sola, no hay nadie más en todo el teatro, alumbrado ahora por una luz tenue que hace destacar la luz fuerte del escenario. Tengo un libro gigante sobre las rodillas, de páginas color blanco roto, totalmente vacías. También tengo un bolígrafo.

Soy una niña de siete años, blanca y rubia a cuál más, con el pelo algo rizado, los ojos azules, casi vacíos, como un cristal que refleja las historias que le pasan por delante.

¿Puede que sea un sueño? Un recuerdo de mi pasado que juega a cambiar de lugar dentro de mi memoria. El sueño de una niña pequeña, en una noche de verano en Córdoba, de esas que mueven un poco de aire. El suficiente para poder soñar.

La verdad es que no, nunca soñé esta historia, no lo recuerdo. O al menos no sucedió estando dormida. Este sueño siempre lo tuve despierta, pero ¿quién soy yo para arrebatarle un sueño a una niña de siete años? Ni siquiera si la niña soy yo. Sobre todo si la niña soy yo.

Shh… Silencio. Se abre el telón. Comienza una nueva historia. Se abre el libro. Noto el papel bajo el bolígrafo. El sueño está ya, un paso más cerca, de hacerse realidad.

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