Planeamos una comida o cena con amigos y necesitamos saber quiénes vamos, dónde será, qué le gusta comer a cada persona, si le apetece eso por la noche o por el contrario es una comida de mediodía, calcular kg de carne para la barbacoa, no tenemos suficientes copas de vino en casa… Sin embargo mi abuela cocina para dos, y siempre que llego tiene comida para mí. No hay ninguna duda (en realidad sabe mejor que yo qué me gusta comer) ni problema de organización. Vienes a mi casa y comes. Simple.
Y pensando sobre ellos, si me conoces ya sabrás de mi debilidad por los abuelos en general y mi fascinación por los míos en concreto, me he dado cuenta de que son la generación divisible. Conocen la necesidad de comer más con menos, de trabajar por dos, de que donde comen dos comen tres y de estar disponibles para ayudar a cuatro.
Hacen cualquier sacrificio sin siquiera decirlo, tienen historias que nos cuesta simplemente imaginar… Han vivido tanto y los escuchamos tan poco. Y no, ser mayor no te hace ser buena persona, ni llevar razón, obviamente mi opinión está sesgada por la suerte que he tenido.
Sin embargo, estoy segura de que muchísimas veces que no los entendemos, si paramos nuestro ritmo frenético y probamos eso de ser empáticos, que se nos suele esconder debajo de montañas de ‘yo’, podemos llegar a entender su forma de ver el mundo. Es tan simple como que su mundo es muy diferente del nuestro, porque la forma en que vivimos ha cambiado a una velocidad vertiginosa, y ellos se han quedado en medio, perteneciendo a una época pero habitando otra.
Y luego nos veo a nosotros, tan inferiores, tan faltos de aprender, queriendo que ellos sepan usar una tablet ‘porque están anticuados’, queriendo que entiendan documentos que nosotros, como mucho, hacemos como que los entendemos. Y nos creemos superiores, nos creemos más listos, más inteligentes.
El mayor fallo que estamos cometiendo, y no me cansaré de decirlo, es la forma en que estamos tratando a los ‘últimos de la guerra’, esa generación que nació en la guerra o postguerra, de la que tendríamos que aprenderlo todo para no volver a fallar, y no les estamos escuchando por creernos por encima de ellos. El ego puede ser peligroso.
La generación divisible sabe que lo importante no es qué comer, sino quién se sienta a la mesa. La generación divisible sabe que lo importante no es gastar 50 euros en un regalo de amazon, sino dedicar media hora del día a llamar a esa persona. La generación divisible sabe que para querer no tiene que haber intereses, y para alegrarse por el resto menos aún. La generación divisible sabe que lo importante no es dónde vas y cuánta gente lo sepa, sino que vuelvas.
¿Estaremos a tiempo de aprender algo antes de que desaparezcan?

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