Tendemos a pensar que los grandes libros contienen la clave. Que en grandes tomos encontraremos esas ideas profundas que inevitablemente nos cambiarán la vida. Porque sí, todos hemos esperado encontrar un libro que nos cambie la vida en el momento necesario, ¿solemos encontrarlo? No tengo la menor idea, pero este libro, Las gratitudes, de Delphine de Vigan, me ha dado un golpe en menos de 200 páginas. Una bofetada de realidad de la más pura de las ternuras. Quédate y lo leemos un poco.
“Hoy ha muerto una anciana a la que yo quería”
Y ya está. Te pone delante de todas las muertes, de todas las personas, de cada uno de los humanos a los que hayas querido. Te coge y te golpea contra ese día. Ese día en que murió una persona que tu querías.
Quizá me pille más sensible al tema, más cerca, demasiado dentro de eso que llaman duelo, y aún me acompañen por la noche los ojos de esa anciana a la que yo quería. Sí, puede que mi forma de ver este libro esté totalmente deforme y distorsionada, por el momento de mi vida en que he llegado a él.
¿No es eso lo que realmente hace que un libro te marque la vida? No necesita muchas páginas, ni una filosofía bien perfilada, ni siquiera una historia compleja. Lo único que un libro necesita es cruzarse en el momento justo, para hacer que no lo olvides nunca. Una frase simple:
“Eso lo cambia todo, Marie. Tener miedo por otro, otro que no seas tú. No sabes la suerte que tienes.”
¿Tener miedo por otro te cambia? Sí. Se refiere a un bebé, un hijo, un ser indefenso cuya defensión depende de ti. Pero ¿no sucede acaso con todo? ¿Por qué es una suerte? Eso sí que me dejó algo pensativa, porque no se si lo entiendo, o solo me agarré con las dos manos a mi propia interpretación, pero creo que es una suerte sentir, aunque sea el peligro.
Cierto también que duele un poco. Esa falta de autocuidado tapado con el cuidado a los demás, otro terreno en el que me siento en casa. ¿Quizá la suerte a la que se refiere es el amor? Querer tanto para sentir miedo por otro cuerpo como si se tratase del tuyo propio.
Supongo que son ese tipo de cosas para las que nunca se acaba de tener palabras del todo. Esto me recuerda a cuando la autora escribe:
“Pero me quedo callado. A veces conviene aceptar el vacío que deja la pérdida. Renunciar a la distracción. Aceptar que ya no hay nada que decir. Permanecer sentado, a su vera. Cogiéndola de la mano.”
A mí, que no conozco vicio más fuerte que el de escribir, necesidad más profunda ni paz más sentida que la de escribir, le presto mucha atención a esos momentos que dejan sin palabras.
Me torturo cuando las palabras se van porque la garganta se queda muda. Me torturo cuando la inspiración se esconde a saber en qué rincón de mi cabeza, de mi corazón o de mi muñeca. Me torturo cuando no encuentro la expresión correcta, la palabra perfecta, la mejor definición.
Sin embargo encuentro algo de calma, de esperanza, en esos momentos en que soy consciente de que no es el momento de la palabra. Que lo mejor que se puede colocar en ese preciso espacio de tiempo es un silencio. Me parece lo más cercano a la magia. Y ser consciente creo que puede ser la forma de encontrar el truco, sin desvelarlo, como quien atesora un secreto.
Quizá esa esperanza sea el escondite en el que espero resguardarme el día que me falte la palabra, porque si algo tiene el escritor, es miedo a perderla. Si algo tenemos seguro, es que la podemos perder. Aunque a escondidas, muy dentro, sepamos que es imposible que se vaya del todo. Supongo que en esa lucha juega con nosotros el síndrome del impostor.
Aunque hablando de escritores, encontré en un párrafo una llamada de atención directa, que nadie me ha dicho, pero que he querido coger. Un diálogo corto, breve, pero que creo, espero, confío y decido, que se dirige a mí:
“- Todo eso hay que ponerlo.
– ¿Ponerlo dónde, Michka?
– En el papel.
– Está bien, te lo prometo. Pondré todo eso en el papel.”
El papel. Papel. Una de esas palabras que me suenan preciosas, y creo adivinar que no es por sonoridad, ni por un significado especial, sino que es simple familiaridad. Un primo con el que nos criamos y querremos siempre, una parte de mí a la que le debo la mitad de mis recuerdos de la infancia.
Lo pienso muchas veces, que determinadas ideas tienen que pasar al papel. Suelo pensarlo mientras hago otra cosa, no darle importancia, decirme que luego tomo nota y, en la mayoría de los casos, olvidarlo para siempre.
Otras veces sí que lo vuelvo a recordar, horas o días después, pero ya carece de sentido, ya forma parte de esa magia que encierra el silencio, y esa idea deja de formar parte de mí, o de mi presente mejor dicho. Puede que muchas de ellas vuelvan con el tiempo, con la cara lavada y otro corte de pelo y ni siquiera las reconozca.
Este libro cuenta una historia simple. Una anciana que se muere. Unas personas que la quieren. Un tiempo que no para hasta llevársela. Un proceso que transitan los que se quedan.
Nada nuevo, ni sorprendente, ni ajeno. Quizá ahí esté la clave, en que la historia no puede ser ajena a nadie, porque todos hemos sentido esas emociones. Da igual la situación, el parentesco y la razón de la muerte. Sabemos de esas emociones, la ternura y el dolor chocando mientras son arrastrados por el tiempo.
Cuando está acabando el libro dice “es que es verdad, al final es muy duro. Uno piensa que tendrá tiempo de decir las cosas, y cuando se quiere dar cuenta ya es demasiado tarde.” Y todos le hemos dicho a otra persona que aproveche el tiempo que queda, y todos nos hemos arrepentido de no haberlo hecho. ¿Es algo inherente al ser humano? ¿Nunca llegamos a dominar el tiempo y lo que esperamos de él? ¿Nunca hacemos lo que después creemos que deberíamos haber hecho?
“Sí. Pero ni tanto.”

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