No es raro que olvide los títulos de los libros mientras los leo. De hecho creo que tiendo a olvidarlos más cuanto más me guste el libro. Y es que siento que, cuando realmente te metes en la historia que te cuenta, este deja de tener principio y final. Sus extremos tienden al infinito cuando se establece en ti como recuerdo.No es una historia, es algo más intangible, es un sentimiento, es una emoción, es un concepto que te acompañará para siempre. Reducirlo a un título es negar su enormidad. Es algo así como los capítulos de Los Simpsons, esas miles de referencias que los millennials repetimos sin siquiera pensar, automático, desde dentro, porque forman parte de nosotros.
Algo así me ha dejado este libro, una fotografía de mi abuela que no existe, una imagen de su reflejo, de sus formas, de su ser, que no tenía. Tengo la sensación de que este libro trae una pieza de puzle por página, y al acabar, al montarlo completo, te das cuenta de que en la imagen siempre saliste tú. Solo que no lo veías. Que te estaban contando una historia. Que ha resultado ser la tuya.
Escribo costumbrismo porque creo que es la mejor forma de llegar al centro del otro. Miento. Escribo costumbrismo porque no sé escribir de otra forma, pero con el tiempo me he dado cuenta de que es el hilo de sedal más fino, porque puede que no se note, pero también el más resistente, si de llegar a otro corazón se trata.
Puedo no entender un verso, puedo no saber qué se siente al ver unas vistas increíbles de Nueva York, y no tengo ni idea de qué será París en navidad. Pero cuando leo:
“Ahí la tienes, mírala. Tu abuela. Diurna y veraniega. Así la vas a recordar siempre.”
Mi cerebro comienza un hilo imparable de conexiones neuronales que me llevan a mi abuela, con un vestido de lino azul, unas cuñas de esparto beige, y unos ‘pies listos’ que no paraban en todo el día. Un reflejo del sol de verano en la textura del lino, en el acabado de encaje de cada volante de su vestido. Un viento suave y caliente del verano cordobés que igualmente se agradece, que deja ver sus pantorrillas cada vez que vuelve a subir la escalera de camino a mi pasado.
Por eso escribo costumbrismo, por eso lo leo. Un libro que me ha llegado en una navidad de ausencias. Un libro que creí me mataría antes de acabar el año. Un libro que he sentido como un abrazo de mi abuela al volver de cada viaje. ¿Volveremos algún día de este viaje? ¿Volverá a existir la casa que era mi casa? ¿Es posible volver a ver las estrellas en verano sin sentir que se apagaron más de la mitad?
No estoy hablando del libro, porque hay libros de los que no se puede hablar. Pero al principio te hablaba del título porque lo había olvidado, porque dejó de existir, de importar, de forma parte de la historia. De la del libro. De la mía. Y justo al terminar, volver a leerlo, ha sonado en mi cabeza como el clic que encaja la última pieza del puzle. Ahí está, la foto de tu abuela. Su nombre propio que nunca lo fue, porque era ‘mi abuela’.
Dice el libro que algo imperdonable no lo es porque no se pueda comprender ni perdonar, sino porque no se puede vivir con sus consecuencias. Es imperdonable la muerte, el duelo y la decepción. Imperdonables por un tiempo prudencial, una cuarentena altamente infecciosa, un virus que pasea por tu cuerpo, ‘por tus manos, tan pequeñas’, por cada poro abierto al aire que se vuelve irrespirable.
Libros como este hacen la vida perdonable, hacen la literatura necesaria para la vida, hacen la existencia habitable. Incluso bonita.
No sé si ‘Los nombres propios’ de Marta Jiménez Serrano es tan increíble como me ha parecido. O es la navidad, o es el sentimiento, o es sentirme tan exactamente encajada a cada frase de este libro. Una mueca perfecta de mi cuerpo, de mis emociones, de cada segundo de mi vida antes de llegar a él.
«Ha habido tantas escenas que has contemplado sabiendo que se convertirían en un recuerdo que querrás olvidar, que se te ha instalado la precaución en la mirada’»
No tengo palabras para argumentar la exactitud de esta frase, pero es literalmente la Saudade Literaria, el sabor exacto de descubrir este libro y la nostalgia tonta y amarga de saber que no puedo descubrirlo nunca más.
Me quedo con un fragmento del final, un puñado de palabras que, a mí, me han dejado una vela encendida dentro:
“No habría sido tan difícil -abuela, piénsalo- no haber coincidido en el mundo. Lo hicimos durante veintidós años. Sinceramente, no está nada mal. Tantas ocasiones al día para morir, y no lo hiciste hasta que yo llevaba en el mundo veintidós años.”

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