| Hay cosas que solo se ven de cerca. O prestando mucha atención. Si estás en el campo, te sientas en un banco y te quedas mirando el paisaje, en un día cualquiera, te parecerá estático. Suponiendo que no hace 30 km por hora de viento, entiéndeme. Los árboles del fondo, las pequeñas plantas de la cuneta, la tierra del camino… Todo está ahí, como dibujado, si acaso cruzado por alguna mariposa blanca o pájaro que ni alcanzas a diferenciar. Si te quedas mirando un punto concreto, fijo, en ese bodegón de naturaleza, verás que no es así. Aunque no haga aire, las copas de los árboles se mueven, un poco, imperceptiblemente. Por la cuneta puede que corra algún animal, y el atardecer va jugando con la luz, aunque despacio, cambiando su foco de sol de una rama a otra. ¿Pasará lo mismo con las personas? Esa gente que vemos a diario, con la que convivimos a diario. ¿Qué pequeños movimientos llevarán dentro? Andarán pensando en aquellas zapatillas que deberían haber comprado y ahora se arrepienten. Puede que no sepan cómo pagar la próxima factura de la luz, o decirle a alguien que le quieren. O quizá decirle que ya no le quieren. Nuestra rutina multitarea nos ha enseñado a llevar muchas cosas en la cabeza, a quejarnos de la prisa y a maldecir todo aquello que se nos olvida a diario. Y también a disimular la mayoría de ellas muy bien. De igual forma hace que nos replanteemos nuestra vida en la cola del supermercado, o que pensemos en alguien que está muy lejos mientras vamos camino al trabajo. Hay algo poético en toda esa mezcla ¿no? A mí me lo parece. Plátanos para el desayuno, ¿vendrá a cenar esta noche?, unos tomates para la ensalada, no soporto más este trabajo, una barra de pan para la comida, como apruebe este examen me cambiará la vida… Me gusta imaginar esas conversaciones internas, en los supermercados llenos de gente con cara de cansancio. Al margen de lo bonito, esperanzador o deprimente que pueda sonar, es bueno tenerlo en cuenta, por eso de la empatía. Cuando era pequeña, la neuróloga me decía que para soportar las crisis de migraña, imaginase un enorme fondo blanco, y buscase un punto negro en él. Quizá por eso nunca me valga el todo, quizá por eso siempre ande revolviendo en los detalles. No recuerdo si el ‘truco’ era útil para el dolor, pero apenas tenía 5 años, y nunca lo he olvidado. Puede que para algo sí haya servido. Así que cuando todo parece demasiado estático, demasiado homogéneo, me pongo a buscar un punto en movimiento, y siempre lo encuentro. Los árboles siempre se mueven un poco, aunque no lo parezca, y nosotros también. Solo tenemos que mirarnos de cerca, o prestarnos mucha atención.
PD: esta es una PÚA de abril, si quieres que te llegue a tu correo cada domingo, aquí tienes la suscripción, es gratis, y dentro de poco, quiénes estén en ella recibirán un regalo muy especial. Porque también son los primeros en saber las cosas especiales. PD: si eres más de papel, hice un libro con muchas de estas cartas, se llama ‘Una mosca en la ventana’ |

