Ahora que ha acabado este tornado de brillo e ilusión, que más bien parece purpurina barata y caras falsas, me voy a permitir sacar el verdadero Grinch que llevo dentro. Sí, el de verdad, no ese al que culpo de mi agonía navideña todo el mes de diciembre, sino al que intenta mirar más allá de estas fechas.
¿En qué la hemos convertido?¿Era así y yo no lo veía? ¿Ejemplo de capitalismo? ¿Sociedad tóxica? ¿Simplemente me hago adulta? Bueno no destaco por tener muchas respuestas, pero he visto cosas.
Yo esperaba ansiosamente al 31 de diciembre, podemos decir que desde febrero, por lo que se entenderá que se me ha hecho algo largo. No creo en nada, no creo mucho, creo más bien poco, creo en cosas que no se suelen creer, pero en este caso me dejé. Y he esperado pacientemente al final del año para que mi vida cambiase bruscamente y todo fuera un mal sueño del que solo quedaba un bonito aprendizaje.
Para sorpresa de nadie, hoy, 7 de enero, todo sigue en el mismo sitio, para bien y sobre todo, para mal. Y todos lo hacemos un poco la mayoría de años, esa esperanza de que pasará algo, un misterioso hechizo que traerá tras las campanadas ‘nuestro año’. Es la misma esperanza de la lotería.
Cada año compramos lotería (unos más que otros) sabiendo que las posibilidades de que nos toque son más bien pocas, de hecho sabemos de sobra que no tocará. Y en cada conversación en que planeamos cómo gastar el premio, terminamos con un suspiro y un ojalá que más bien parece que hemos estado hablando de visitar la luna.
Al final vemos el sorteo, o lo escuchamos de fondo mientras hacemos algo, o lo comentamos con las personas que nos encontramos durante la mañana, o lo pensamos en algún momento del día. Seguimos saboreando la ilusión, aunque leve, aunque sutil, la sentimos pasear por nuestras venas.
Quizá la ilusión navideña en la vida adulta sea eso: autoengaño.
Pensar que queda algo de aquella familia en que crecimos, esperar que toque la lotería, confiar en que ese bote de colonia mejore esa relación que se nos escapa entre los dedos, desear que tras la última uva nuestra vida mejore… La ilusión navideña es un autoengaño vestido de lentejuelas.
La RAE define autoengañarse como ‘sustituir en la mente aspectos de la realidad por otros imaginarios’. ¿Una visión un tanto negativa? Bueno, define la ilusión como algo ‘sin verdadera realidad, sugerido por la imaginación o engaño de los sentidos’.
Ya, ya sé que la ilusión navideña es algo diferente, la tradición, la infancia, el cariño… Pero por lo que sea cada vez la usamos más para comprar, comprar, y también comprar. Y subir fotos, claro, también para subir fotos.
Avisé que soy muy Grinch, no te enfades. He pasado la navidad rodeada de niños, y sí que me han ayudado a recordar esas navidades que no odiaba, y sí que son muchos de los recuerdos más bonitos que tengo.
Quizá no me he explicado bien, la ilusión navideña es un autoengaño pero, ¿quién ha dicho que no sea necesario de vez en cuando?
Que enero te sea leve, y que este 2025 dejes de encontrar excusas para no hacer lo que sabes que quieres hacer. Y no te quede más remedio que hacerlo.

PD: no escribo mucho, pero en este peor año publiqué mi primer libro, si te apetece puedes echarle un ojo aquí
PD2: lo que si hago en encerrarme en la nueva oficina/taller y pintar cosas como estas de aquí
PD3: a ratos me paso por Instagram
