¿Cuánto hace que no te tumbas en algo que no sea la cama o el sofá? Espero que tampoco sea una camilla. Pero me refiero a tumbarte en algún lugar por el lujo de recrearte, dejar pasar el tiempo… Tumbarte en un césped, arena, el suelo de casa, un patio…
Echarte al suelo a jugar con un crío, a recortar las hojas secas de una planta, a hacer ese retoque en casa que decidiste en un subidón de bricomanía y ya no sabes cómo terminar.
Hay cosas que simplemente vamos dejando de hacer, porque no tenemos tiempo, porque solo hacemos lo necesario, o porque nos duelen las rodillas. Y creo que eso también es parte de lo especial del mar, de la playa, que siempre volvemos a ser un poco niños y acabamos tirados en la arena.
Mirar las nubes y buscarles forma, cambiar de perspectiva el mundo, volcarlo para que se adapte él a nosotros, y dejemos de ser esa palmera que se dobla con el viento pero nunca se permite volcar.
Hay algo feo y doloroso en esa cultura de la resistencia. Mantenerse de pie, luchar, resistir, seguir, continuar… ¿Y si rendirse es lo más inteligente? Ni en todo ni para siempre. Pero sí hoy, sí un rato, sí en este día. Tumbarse a mirar la pared desde el suelo, el culo de la silla, el pie de la lámpara, la parte de abajo del balcón, bajo la tabla de la mesa, e incluso, debajo del colchón.
Te voy a contar algo:
Imagina que tienes una hucha, que te regalaron hace mucho, que usaste un tiempo y ya no. Porque te da pena. No quieres romperla nunca para sacar su dinero, quieres conservarla así, como está, para siempre. Te acompaña una mudanza tras otra, de un mueble a otro, se lleva golpes fortuitos que te aceleran el corazón. Pero no la vacías, no la rompes, la tendrás siempre, da igual el dinero, da igual incluso que necesites monedas para el cambio. Da igual todo porque lo más importante es mantener esa hucha intacta.
Una tarde mientras discutes acaloradamente con la manga de un jersey, PUM, al suelo. Estabas tan agobiada que no mediste distancias, no guardaste ese perímetro de protección a la hucha, y ahora está en el suelo. Rota.
¿Se acabará el mundo? Claro que no, pero te duele como si lo hiciera, porque era tu hucha, tu regalo, eso que querías guardar para siempre.
Recogiendo los trozos encuentras un papel, no parece un billete, es un folio arrugado y viejo. Lo desenvuelves con cuidado. No recuerdas haber metido ninguna nota en esta hucha nunca.
‘Usa este dinero para cumplir un sueño’
No es tu letra, lo dejó dentro quien te la regaló, cuando tú tenías pocos años y los sueños aún no parecían cuestión de magia.
Y de repente encaja un puzle. Con ese dinero puedes comprar la maleta que te lleve lejos, invitarle a cenar, pagar un curso, incluso volar.
¿No tiene nada que ver con tumbarse? Claro que sí. Recoger los pedazos de la hucha te devolvió al suelo, te hizo horizontal, se acabó la lucha para mantenerla eterna, dejó de ser necesario resistir, te cambió la perspectiva, te permitió descansar.
Túmbate conmigo, que ya veremos mañana cómo volvemos a ponernos en pie. Lo mismo descubrimos zapatillas nuevas bajo la cama.

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PD: si eres más de papel, hice un libro con muchas de estas cartas, se llama ‘Abriendo grieta’
