Blanco, rosa y azul y verde. Una combinación de colores cualquiera, puede ser la de un cuadro, un conjunto de ropa veraniego, quizá una camisa hawaiana, o simplemente una paleta de color que represente una marca. Los colores pueden ser muchas cosas, pueden significar muchas cosas, y lo mejor es, que pese a existir ‘combinaciones universales’, dependiendo de nuestras ideas o vivencias, el resultado puede ser totalmente opuesto.
Para mí estos colores son una zona, un lugar, muchos sitios, una forma de vida, luz y salitre. Casas blancas y buganvilla tan fucsia que parece irreal, azul cielo, azul mar, verde cactus (no podía ser de otra forma).
Igual que te hablé de la guía para viajes largos, podría hacer otra de las cosas que se hacen al volver. Regar las plantas lo antes posible mientras les susurro que no se me mueran ahora, comprobar las que han crecido y recoger las que no lo harán más. Limpiar toda la arena que trajo el viento, poner lavadoras, colocar maletas, no colocar mucho lo que pronto volverá al maletero… En fin, una lista en apariencia interminable, pero bastante mecanizada cuando la has hecho muchas veces.
Pues en eso estaba hace un par de días, de un lado a otro, intentando dejar todo listo lo antes posible, cuando reparé en un puñado de hojas de buganvilla que se habían colado en el salón, seguramente después de un movido viaje patrocinado por vientos de 40 km/h, ya sabes.
La cosa es que ver esas hojas tan sanas, con todo su color, en mitad del lienzo blanco que es la casa, me resultó tan extraño como bonito. Casi no me atrevía a quitarlas, quedaban bien, traían luz, pensé ‘deberíamos tener una buganvilla’ que lo pienso casi tantas veces como ‘deberíamos adoptar un perro’.
Ya lo sé, no me lo digas, ¿por qué te cuento esto? Pues verás, cuando paso por mi buganvilla favorita, sí, tengo una buganvilla favorita, el rosa más rosa que nunca vi. Pues como iba diciendo, cuando paso por allí, la miro como un conjunto, una cantidad incontable de hojas frágiles y medio transparentes que forman parte de ese todo. Algo así nos pasa con la vida, pues vamos viviendo, siguiendo adelante, quedándonos con el conjunto. Como es lógico claro, si nuestro cerebro tuviese que prestar atención detenidamente a cada estímulo, no podríamos soportarlo.
Sin embargo, ver esas hojas fuera de su contexto me hizo prestar más atención a su textura de papel de seda, los nervios que las atraviesan, pensar de dónde habrá venido, hace cuánto se separó de su árbol… Pues sí, también podemos hacer eso con la vida, observar, a veces, hojas sueltas, aislar un ramito de esas hojas, ponerlo en un fondo de contraste y ver qué vemos.
Por ejemplo, coger todo ese ruido que nos resuena en la cabeza, ponerlo encima de una noche en la que solo miramos las estrellas, ese contraste nos ayudará a ordenar el ruido. También podríamos probar a coger ese problema que se rodea de otros problemas que no sabemos por donde agarrar, ponerle un contraste de fondo que nos relaje, música, campo o libro, y masticarlo solo hasta hacerlo tragable.
Y no solo eso, imagínate que activas un modo macro interior. El modo macro de una cámara de fotos nos permite fotografiar desde muy cerca, centrándonos solo en detalles que estén a la mínima distancia de la lente. ¿Y si lo activamos? Y solo vemos la sonrisa que nos da las gracias mientras nos da paso en una tienda, la textura de la mano de una persona mayor, el reflejo del sol en la pared de enfrente y lo bien que cocina nuestra madre.
Tenemos la útil capacidad de apreciar los conjuntos, bloques de estímulos e información que llegan a nosotros y procesamos tal cual. Sin embargo aprender a separar cada elemento y aislarlo de todo es cuestión de práctica, y puede sernos igualmente útil, para soportar lo malo, para valorar lo bueno.
No sé cómo lo ves, pero yo a partir de ahora nos voy a ver como buganvillas, grandes y brillantes, llenas de posibilidades, y de detalles. Pequeñas hojas de papel de seda, que con el contraste adecuado, abren un mundo de posibilidades al vivir.

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