No sé cómo hablar de este libro porque he pasado por tantas emociones durante su lectura… Que no sé si dudo que me haya gustado o lo considero una obra maestra.
Se hace pesado, hay páginas y páginas profundamente pesadas pero claro, llega un momento de ese tedio agotador en que te das cuenta que eres el protagonista, que sientes el peso de sus extremidades y cómo carga el mundo en la espalda.
De la misma manera sientes vergüenza, pena, rabia, odio, e incluso amor. Nace un sentimiento que en ningún caso pregunta y que probablemente ni siquiera forme parte de la propia descripción que lees, pero lo sientes, te lo hace sentir. Si eso no es la representación más alta de la escritura no sé qué podría serlo.
Y entre una sucesión de días monótonos, se abre la caja de pandora de las relaciones, un diario de abordo de la mayoría de relaciones que llevamos hoy día, de la mayoría de relaciones que podemos llevar con la vida que llevamos. Esa monotonía hecha rutina sobrecargada que nos mantiene alerta, en sobreuso, hiper-despiertos, a la vez que profundamente cansados.
“Después de tanto tiempo soy capaz de reconocer cada gesto de una cara que me aprendí de memoria” a la vez que “Yo venía alterado y ella vivía triste”, la cara y la cruz del amor romántico. La suerte de conocerse tanto frente a la desgracia de conocerse tanto. Relacionado con esto nace el titular que enseña el libro, un concepto simple pero que redefine todo lo que hacemos, cómo lo hacemos y desde dónde lo hacemos. Pero eso vamos a dejarlo para el final.
La amistad, el trabajo, la familia, la infancia, los desconocidos, la ciudad, la naturaleza, la pena, la ansiedad, la desesperación… Trata tantos temas de formas tan crudas y simples que casi congela a veces. La amistad como uno de los amores más puros aunque nunca acabemos de aceptarlo como tal, y no nos permitimos hablar de él como amor, y no nos permitimos llorar su duelo cuando se marcha. Otra de las grandes asignaturas pendientes de nuestra vida social.
Como la infancia marca nuestra vida, entera, desde el principio en que sucede hasta cualquiera de nuestros finales. La capacidad de crear lazos infinitos con desconocidos que no volveremos a ver. El libro habla constantemente de cosas que pasaron muy rápido, mientras las describe muy lento. Hace que te acabe faltando el aire.
Pero sí, por encima de todos esos temas, el libro deja abierto, partido en dos, un melón que da mucho que pensar: nuestra satisfacción no es qué personas tenemos al lado, sino qué hacemos en el tiempo que compartimos.
El amor, el cariño, la amistad… Son sentimientos suficientemente fuertes para quedarse cuando llegan , crean lazos que pueden resistir, pero ¿qué acaba con ellos?
El tiempo.
El tiempo que no dedicamos, el tiempo que no prestamos atención, el tiempo que no tenemos para quedar, el tiempo que no nos dedicamos a mirarnos, el tiempo que no nos agarramos de la mano, el tiempo que no tenemos para llamar a esa amiga, para preparar una cena especial, para decir ‘te quiero’.
Y después de culpar al destino que nos castiga, a las personas desagradecidas, al capitalismo que nos ata, a las malas personas, a la vida tan injusta… Quizá hay muebles que pueden salvarse, aunque el barco se hunda. Quizá incluso el barco no se esté hundiendo, aunque el temporal empuje olas a su interior. Se puede achicar el agua, se puede continuar el viaje.
Y sí, existe todo lo tóxico, el autoestima, el amor propio, y muchas cosas más que son una prioridad, pero, siendo sinceros, ¿de verdad gastamos todas las balas? ¿O preferimos huir sin mirar atrás?
“Nunca he sabido si en aquel momento fui demasiado cobarde o demasiado valiente.”

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